Huellas Transpacíficas

ラテンアメリカと日本の関係に関する文学、特に自然に関するの

Hace más de cien años comenzaron las corrientes de poemas entre Japón e Hispanoamérica. Hasta donde yo sé, esta corriente de intercambio, trasplante y mestizaje cultural comienza a la par del siglo XX y está conformada por años de lecturas y anécdotas que han nutrido la renovación de la palabra y la visión de la naturaleza hispanoamericana. Estos son unos pequeños tesoros de la Biblioteca Nacional de México. Libros de José Juan Tablada, Enrique Carrera Andrade y Francisco Monterde.

Around 100 years ago Spanish and Latinamerican poets began to read Japanese and Chinese poetry. Some poets and writers, as Tablada and Gómez Carrillo, were in Japan during the 1900´s. Xavier Villaurrutia and Carrera Andrade were there (in Yokohama) in the hard years of 1940s (when Nanao was still a young boy). For more than a century Japanese poetry has been read with attention and sensitivity in this side of the Pacific Ocean, specially with a deep empathy for its vision of nature. (For me, poetry as a current of words is just other dimension of the kuroshio ocean current).

Photos from the National Library of Mexico.

Kokopelli flautistaFotografías con fines educativos.

Photographs for educational purposes only.

“Carta al Greco” de Kazantzakis. Lectura ecocrítica de un pasaje y fragmentos poéticos.

Kazantzakis, Carta al greco

«Atención, hijos míos, escuchad mi última voluntad: pensad en los animales, en los bueyes, en las ovejas, en los borricos; no os equivoquéis, ellos también tienen un alma, son también hombres, sólo que llevan pieles de animales y no pueden hablar; son antiguos hombres, dadles de comer. Pensad en los olivares, en las viñas, echadles estiércol, regadlos, podadlos, si queréis que os den fruto; ellos también son hombres, pero muy antiguos y ya no se acuerdan. Pero el hombre se recuerda y por eso es hombre. ¿Me escucháis? ¿O es que hablo a sordos?»

Nikos Kazantzakis, «Carta al Greco» p.

Para hablar de este pasaje, quiero subrayar que la honda mirada sobre la vida humana de Niko Kazantzakis nos invita a poner atención a las palabras pronunciadas por este abuelo campesino en su lecho de muerte. En principio, resonó a mis oídos la arenga final: «¿Me escucháis? ¿O es que hablo a sordos?» Kazantzakis no lo explica, pero se trata de las palabras de un abuelo campesino, diré, un tipo sabio (uno que sabe sobre el cultivo de olivos, vides y el cuidado de los bueyes, ovejas y borricos), el que levanta aquí su voz contra el olvido. ¿Pero cuál es el reclamo del anciano, y cómo interpretarlo desde el punto de vista actual de las relaciones entre nosotros y los animales?

Algunos filósofos como Derrida y Agamben hablaron de la brecha entre animalidad y humanidad. Según los autores, esta brecha se ha formado y sostenido en Occidente por medio de construcciones que han creado ciertas formas antropológicas de relacionarnos con los seres no humanos, que dicho sea de paso, han resultado desastrosas desde un punto de ético y ecológico. Sin embargo, la posibilidad de una reconciliación con los animales no significaría la anulación de la diferencia que se supone hay entre ambos mundos. Esto me parece importante de notar ya que en todas las culturas humanas la diferencia está siempre comprendida y, yo creo, enfatizada. El asunto central es que pensar al otro en tanto que “animal” parece que no nos ha ayudado a relacionarnos mejor con los animales y otros seres como las plantas. Nuestro prejuicio científico, es sólo eso, una forma obstinada de ver al otro (incluso solemos caer en la ceguera del prejuicio cientificista al señalar que vemos a los animales como «lo que son», sin precisar a qué nos referimos ¿especies biológicas? ¿autómatas biológicos? o ¿seres sintientes? [Vid. Derrida, El animal que luego estoy si(gui)endo y Agamben, Lo abierto, el hombre y el animal]. Hoy en día, el llamado para sacudirse este prejuicio “humanista» y «urbano” es también una oportunidad para la comparación constructiva, así veríamos, por ejemplo, que en varias culturas a los “animales” se les piensa como otro tipo de seres humanos.

Regresando al pasaje citado. No me parece acertada la interpretación de que hay un antropocentrismo humanista subyacente en este pasaje. Al contrario, pensar a los animales como animales o “lo que son” proviene del paradigma humanista que define y subyuga al mundo animal en tanto una serie de cualidades que carecen respecto al homo sapiens: lenguaje, alma, inteligencia, dios etc. Ése prejuicio humanista es en buena medida el que ha llevado a un deterioro de nuestras relaciones con ellos, y es precisamente contra lo cual se rebela la voz del abuelo campesino: “ellos también tienen un alma”. Yo propongo la siguiente interpretación: Hay modos de vida a los que llama no ignorar el abuelo (quien encarna una espiritualidad campesina que está siendo olvidada). Estos modos de vida se componen de cuidados y atenciones hacia los otros: “los antiguos hombres”. La espiritualidad campesina del abuelo es una manera de vivir que tiene la profundidad del mito, que brota de una coherente y sustentable visión del mundo agrario y que se rebela al olvido moderno.

[gracias a Andrés González por mostrarme este pasaje y por iniciar una conversación sobre éste]

Fragmentos de Kazantzakis [seleccionados por Andrés]

«Muy de mañana, tomamos una barca y partimos rumbo al monasterio de San Dionisio. -El convento más austero del Monte Athos -nos decía nuestro barquero, el padre Benito. Aunque se esté de buen humor, no se puede reír; se bebe vino en este monasterio, pero no se puede embriagar; han plantado un laurel en el patio y sobre cada hoja, si uno mira bien, se ve a Cristo en la cruz.

Venía con nosotros un obispo, que iba al puerto de Daphni para irse.

-El Universo entero, padre Benito, es una cruz y en ella está crucificado Cristo. No solamente las hojas del laurel, sino tú, yo, hasta las mismas piedras.

Yo no aguantaba más: -Yo, perdóneme señor obispo, yo veo en todas partes a Cristo resucitado.

El obispo meneó la cabeza.

-Estás apurado, estás apurado, hijo mío -me respondió-, nosotros veremos a Cristo resucitado, pero sólo después de nuestra muerte; ahora mientras vivimos, atravesaremos la crucifixión.

Un delfín, muy cerca de nosotros, saltó en medio del mar calmo; su lomo brilló al sol, firme, ágil, lleno de fuerza. Se zambulló y volvió a asomarse; brincaba feliz, todo el mar le pertenecía. Y de pronto otro delfín apareció a lo lejos, se precipitaron al encuentro uno del otro, se reunieron, jugaron y, bruscamente, con la cola rígida, se fueron velozmente, uno junto al otro, bailando.

Yo me sentía feliz; extendí la mano hacia los delfines

-¿Está crucificado o resucita? -dije triunfalmente- ¿Qué nos dicen esos dos delfines?»

******

«Pusimos cuarenta días en recorrer el Monte Athos y cuando, al cerrar el ciclo, regresamos a Daphni, la víspera de Navidad, para irnos, nos esperaba el milagro más inesperado, el más decisivo: ¡en pleno invierno, en un pobre jardincillo, un almendro en flor!

Tomé a mi amigo del brazo y le mostré el árbol florecido.

-Muchas preguntas tortuosas, Angelos, han atormentado nuestro corazón durante toda esta peregrinación; y ahora, ¡he aquí la respuesta!

Mi amigo clavó su mirada azul sobre el almendro florecido; se persignó, como para adorar a un ícono milagroso y permaneció largo rato en silencio. Y luego, lentamente:

-Un poema sube a mis labios: un poema muy pequeño, un haikai.

Contempló nuevamente el almendro.

Dije al almendro:

-Hermano, háblame de Dios.

Y el almendro floreció.»

******

«Nunca he oído de boca de un hombre culto palabras tan profundas como las que dicen los campesinos, los ancianos que han terminado de luchar, cuyas pasiones se han acallado, y que ahora están de pie en el umbral de la muerte y miran hacia atrás tranquilos, con ternura.

Un día en una montaña encontré un viejo seco, flaco, con los cabellos blancos, las bragas remendadas, las botas agujereadas; había pasado, según costumbre de los pastores cretenses, su báculo por detrás de los hombros; subía lentamente, de piedra en piedra, se detenía a cada instante y miraba largamente las montañas a su alrededor, abajo la llanura y a lo lejos, en una brecha, una franja de mar.

-¡Buenos días, abuelo! -le grité de lejos-; ¿qué vienes a hacer aquí tan solo?

-Digo adiós, hijo mío, digo adiós.

-¿A quién dices adiós en el desierto? No veo a nadie.

El viejo, enojado, meneó nerviosamente la cabeza.

-¿Qué es eso de desierto? ¿No ves las montañas? ¿No ves el mar? ¿Para qué nos ha dado Dios ojos? ¿No oyes los pájaros encima de tu cabeza? ¿Para qué nos ha dado Dios orejas? ¿Llamas a esto un desierto? Estos son mis amigos; yo los hablo y ellos me hablan, lanzo un grito y me responden; he sido pastor aquí en su compañía durante dos generaciones, y ha llegado el momento de separarnos. Cae la noche…

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Nanao Sakaki [tesis y libro]

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Estoy muy contento porque terminé mi tesis de maestría sobre el poeta Nanao Sakaki; la cual es un enfoque ecocrítico de su poesía y vida y se titula como uno de sus poemas: Cómo habitar en el planeta Tierra. Además publiqué en México una pequeña antología con algunos poemas en español titulada Cactus del Viento (que incluye una bitácora escrita en Norteamérica). Ambas publicaciones son fruto del esfuerzo de estos años de trabajo paciente bajo la guía de mi tutora la Dra. Miura Satomi.

Gracias.

A final thought.

Nanao, I’m happy to meet your poetry and your live in the cosmos, to follow your 泥足 dancing in creativity of soul. Now that I continue with my journey I put a little bright flower or a beautiful stone into my Spanish rucksack.

Descarga/Download:

https://colmex.academia.edu/YaxkinMelchy 

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En Shibuya, Tokio, 2018
foto: Yamaji Kazuhiro